Fabulosos Calavera, el caleidoscopio sonoro al que no le pasa el tiempo

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Fabulosos Calavera salió a la venta el 29 de julio de 1997 y tardó casi un año en alcanzar la condición de oro, y posteriormente platino, para luego hacerse con el Grammy como Mejor Álbum de Rock Latino.

 

Después que una canción casi de relleno como Matador se convirtiera en un éxito rotundo, y posicionara a los Fabulosos Cadillacs en lo más alto de los listados, aparecer en el mercado con un disco tan “experimental” un suicidio comercial, y suponía regresar a aquel hoyo en el que la banda se había sumergido con “Sopa de Caracol”, sin embargo la historia demostró todo lo contrario,  y al final, Fabulosos Calavera, termino convirtiéndose en una pieza de culto.

El disco trazaba un concepto literario integrado, hasta entonces inusual en ellos. Para eso tuvieron que suceder acciones concretas: nuevas influencias, cambio de miembros y una nueva compañía, BMG, que les daría libertad de operar a gusto.  Con Flavio como líder creativo y Vicentico creciendo en autoría y performance, tenían entonces una declaración artística que presentó desafíos tanto en su armado como en la recepción del público y la industria.

Los Cadillacs llevaron su plan de redefinición a tal extremo que temporalmente circuló la noción de cambiarse el nombre a Fabulosos Calavera. “Obviamente eso no sucedió, pero sí había algo como de sepultar al grupo. Igualmente, no se trató de romper todo porque sí. Era un proceso de sacarse la piel, como una serpiente”, cuenta el saxofonista Sergio Rotman.

Gracias al reciente contrato discográfico Fabulosos Calavera comenzó a incubarse en octubre de 1996 en los estudios Del Abasto. De esa sesión salieron las tomas definitivas de “Calaveras y Diablitos” y “Hoy Lloré Canción”, dos de los momentos de sonoridad más “jamaicanos” del disco. Sobre diciembre, el proceso de preproducción continuaría a lo largo de tres meses en una quinta en Del Viso.

Las canciones develaban nuevos intereses en el lenguaje musical Cadillac: jazz, hardcore, surf, spaghetti western, psicodelia, lounge, música oriental y tango. Varios de ellos hasta convivían en un mismo fraseo. En “El carnicero de Giles/Sueño”, por ejemplo, Flavio y Vicentico se van prestando estrofas en un ejercicio bipolar donde el primero plantea un escenario de grindcore enfermo, y el segundo ubica al cantante como un vagabundo en la barra de un bar de smooth jazz a lo Tom Waits.

Al mismo tiempo, un imaginario global y estético se imponía con profundidad en Compass Point. Flavio, obsesionado con las lecturas de El túnel y Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato, había creado una narrativa alrededor de un personaje ficticio  el ‘Dr. Calavera’ que adornaba las paredes del estudio con dibujos y textos sobre la muerte.

En las últimas semanas de julio de 1997, Buenos Aires amanecía empapelada con la tapa del álbum, una mezcla de fileteado porteño tradicional, calaveras y dragones ideada por el ilustrador Martiniano Arce. El afiche no aportaba más detalles que un eslogan: “El disco que cambiará la historia del rock nacional”.

 

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